Hasta la propia palabra tiene una equívoca sonoridad, “cuchillo”, suena a algo delicado, suave y pequeño, pero cuando su hoja refulge se nos activa una de esas alertas tempranas que adquirimos desde niños: afilado, peligro. Y así son los cuchillos, una insólita combinación de delicadeza y rotundidad, un instrumento para untar, cortar, abrir, cocinar… y matar.