Es una de las figuras de la pintura del siglo XX que más fascina a los niños y eso es porque, de alguna forma, Marc Chagall nunca perdió la inocencia, la imaginación y el libre pensamiento infantil. Y así se enfrentó durante toda su vida a un mundo saturado de violencia y crueldad, pero también, como siempre, de belleza y utopía: sin perder la esperanza de que, con un pincel y unos pigmentos, con una palabra y un abrazo, todavía podemos iluminar nuestro lado oscuro.