Hay pocas cosas que se puedan comparar a la caricia de las olas en un paseo a la orilla del mar. La frescura del agua que roza los pies reconforta el ánimo casi instantáneamente, deshaciendo nudos de angustias y abriendo horizontes de alivio. A los pocos minutos ya ni siquiera recuerdas qué era eso tan trascendente que, como carcoma, había agujereado tu jovial rutina.