Una película adecuada en el momento justo puede cerrar una herida de amor, impulsar una idea revolucionaria o purgar un dolor abisal. Al contrario que la música, cuyo efecto catártico es casi instantáneo, al (buen) cine no hay que meterle prisa, necesita tiempo para inocular en nuestro ánimo unas valiosas gotas de vigor y esperanza. Porque el cine tiene la capacidad de salvar vidas.