Campesinos que no trabajan para nadie más que para sí mismos, que no tienen sindicato que les represente ni un líder que les prometa una reducción de jornada. Nadie les dice lo qué tienen qué hacer y cómo. Ni cuándo. Se pasan medio día empuñando un hacha, levantando piedras o segando una pradera. Y cuando desfallecen, levantan la vista a su alrededor y ven el paraíso, que es suyo. Y vuelven al tajo.