El mediocre que elige el anonimato —o que es empujado hacia el anonimato— tiene ante sí dos opciones: frustrarse por “no ser nadie” y luchar denodamente por el éxito profesional y/o vital, o aprovechar la libertad que ofrece su condición de anónimo para ejercer exclusivamente el liderazgo sobre su propia vida, asumiendo —e incluso disfrutando— el hecho de que su legado no va a tener ninguna resonancia social.