La historia nos ha demostrado que el progreso es un permanente diálogo, (a veces a gritos, eso sí), entre tradición y modernidad, estabilidad e innovación, serenidad y rabia, paz y revolución, armonía y caos: es decir, entre nuestra faceta más clásica (y brillantemente equilibrada) y nuestra faceta más manierista (y adorablemente perturbada).