Mientras el mundo siga siendo un mercado persa en el que todos tienen algo que vender y todos nos vendemos, seguiremos siendo poco más que objetos de consumo a merced del poder, a merced de la happycracia… y del resto de “cracias” que nos rodean y que integran la mayor de todas, la democracia, esa idea que tampoco se puede cuestionar, como la felicidad. Pero esa ya es otra historia, mucho más compleja y controvertida.