“La arquitectura debe conmover aunque tenga goteras”. Francisco Sáenz de Oiza fue un constructor con alma de artista, un arquitecto apasionado por su profesión y en permanente réplica consigo mismo capaz de responder con furia a un crítico para, acto seguido, pedir perdón por sus “edificios sin sentido, llenos de defectos, operados con la pasión que me movía al construir”